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Trabajadores enfrentan a la policía para evitar la violenta represión contra Miguel Medina y sus compañeros sindicales

La Democracia Quebrada.

Rebasada la efusividad, los gerentes en pánico y abrumados en la impotencia, no sabían cómo enfrentar su inerte fabrica, con miles de litros de leche detenida en tuberías y recipientes en medio de un delicado proceso, la dirigencia sindical inició la segunda fase: organizar la logística que con precisión se había diseñado para permanecer, hombres y mujeres con familia, en el interior del pabellón que alojaba el comedor, los vestidores y los baños durante los tres o cuatro días que la ley laboral pautaba para una jornada huelgaria con pretensiones de ser declarada legal.

Todo fue organizado por un liderazgo colectivo que había planificado hasta los imprevistos y los más mínimos detalles para convertir una jornada reivindicativa justa, en una resonante victoria que se irradiara en el firmamento de un combativo movimiento sindical, encabezado por la Central General de Trabajadores CGT.

Así, la alimentación estaba garantizada por el comité de las esposas y compañeras de los trabajadores, las cuales organizaron recaudaciones de fondos y provisiones para sustentar las necesidades alimentarias durante el tiempo que se permaneciera en un claustro de resistencia estoica. Un técnico en electrónica fue colocado con equipos de comunicación en una finca próxima a la empresa para recibir las informaciones que le transmitiera el líder de SITRACODAL y enviarlas a un centro de comunicación en la ciudad, desde donde se canalizarían a los medios radiales que trasmitían el desarrollo de los acontecimientos.

Los huelguistas permanecían en el interior de la empresa, rodeado por 26 guardianes de seguridad armados, sin los modernos beper y celulares que se popularizaron tiempo después. Había que romper el cerco y mantener informado un pueblo, una coordinación de varios sindicatos y una prensa que se volcaba en solidaridad hacia el glorioso SITRACODAL.

Las esposas y compañeras lograron, sin resistencia, pasar la portería al caer la tarde y suministrar la cena a más de 70 trabajadores y trabajadoras.

Al día siguiente, 4 de marzo, todos como un ejercicio disciplinado, en pie de lucha, sin reparar en la incomodidad de dormir tendido en el suelo, separados de sus seres más queridos y de su zona de confort.

La patronal y el poder se unieron para enfrentar la osadía de ese puñado de valientes, las principales autoridades, gobernador, fiscal y coronel policial se presentaron al comedor e inician lo que parecía ser un diálogo pacífico, propusieron que había que abandonar la empresa y permanecer fuera de sus límites. Los dirigentes sindicales con firmeza, sin temor y vehemencia demostraron, con la ley en las manos, que no era una acción ilegal permanecer dentro de las instalaciones en el marco de una jornada huelgaria, constitucional y legalmente instituida. Antes de ese episodio, que terminó dramáticamente, el gerente ordenó a los porteros y a los 26 guardianes que nos rodeaban con escopetas en las manos, que nos mantuvieran aislados, impidiendo que el comité de las esposas nos suministrada el desayuno y otros medios de avituallamiento. Esto provocó la ira de los huelguistas y sus dirigentes y pudo haber concluido como tragedia. Los dirigentes al frente, marcharon al grito de su secretario general “un paso hacia adelante” y con el pecho empujaban hacia la portería a los 26 guachinanes, que en fila y con armas mantenían un cordón que parecía inexpugnable, pero que terminó desvaneciéndose frente a la soberbia determinación de una clase obrera que no estaba dispuesta a retroceder. Ganamos esa batalla, impusimos que continuará el flujo logístico que la solidaridad proporcionaba. Pero la amenaza continuaba rondando, en su vano esfuerzo por hacer colapsar y quebrar la resistencia.

Vencimos a unos guardianes que habían compartido más de un mes con nosotros vigilando distintos puntos de la empresa, pero que la inteligencia sindical había logrado sensibilizar sobre la justeza de la lucha, eran un terreno fértil, eran muy explotados y maltratados, trabajaban 12 horas sin recibir compensaciones extras. Además, la dirección sindical había orientado a los trabajadores que compartieran sus alimentos con ellos y se le preparaban deliosos “ morisando”. Por esa razón en el momento más tenso, donde los pechos erguidos de hombres y mujeres rosaban su máquinas mortíferas, determinaron bajar las armas, replegarse y dejar que avanzáramos rompiendo el cerco.

Lo peor estaba por suceder, las autoridades civiles terminaron el diálogo y se retiraron, entonces brotó con arrogancia la voz autoritaria de un coronel, formado en la escuela del tirano y de la sombra de los 12 años tenebrosos, que pensábamos que habían sido superados, “en diez minutos hay que desalojar el lugar”.

La sorpresa de los dirigentes fue impresionante, al abandonar el área del comedor, bajo la amenaza del jefe policial quien se hacia acompañar de más de 30 policías “cascos negros” que las autoridades trajeron de Santo Domingo a cumplir su “loable” misión de continuar reprimiendo a los trabajadores y a su pueblo, despejando las esperanzas de un renacer democrático y de respeto a los derechos humanos y las libertades públicas, encontramos a todos los trabajadores tendidos en la explanada de concreto, formando una cadena humana, dispuestos a resistir la embestida represiva. Muchos huelguistas permitieron que sus cuerpos fueran lacerados por el rústico concreto ante que seguir la orden de desalojar el lugar de manera humillante.

La resistencia fue feroz, con sangre, dolor y rabia, los obreros y obreras, fueron lanzados fuera de la empresa. El plan B, ya estaba previamente concebido.

CONTINUARÁ.

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